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El "Gran Murallón",  era la alta muralla que cerraba el estadio por el lado sur, en los años sesenta.
El "Gran Murallón", era la alta muralla que cerraba el estadio por el lado sur, en los años sesenta.

A puro pulmón

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ASUNCIÓN.- (Por José María Troche).-El año que viene cumplirá 100 años desde que fue inaugurado el principal escenario deportivo del país, hoy llamado “Estadio de los Defensores del Chaco”, bautizado con ese nombre en el año de 1972, durante la presidencia de Humberto Domínguez Dibb, entonces yerno del presidente de la República Alfredo Stroessner.

La historia refiere que cuando el 16 de abril de 1913 accedió a la presidencia de la Liga Paraguaya de Fútbol, el Dr. Enrique L. Pinho, cuyo mandato duró hasta 1922, había pocas canchas en Asunción y las que había no eran para nada buenas. Una realidad que se mantuvo por mucho tiempo. Para el Dr. Pinho fue una cuestión de honor construir un escenario adecuado para la práctica del futbol, en aquel lejano tiempo.

Por entones se había fundado (en 1911) la que se llamó Liga Centenario y luego Asociación Paraguaya de Fútbol, por varios clubes, liderados por Libertad y Atlántida y, por supuesto, la Liga Paraguaya de Fútbol.

El Dr. Pinho se impuso tres objetivos durante su presidencia: la primera la cumplió en 1914: conseguir la Personería Jurídica de la APF, unificar el fútbol paraguayo dividido en dos ligas, y construir un estadio, como decíamos, adecuado a las necesidades de la época. Justamente en 1914 accedió a la presidencia de la República Eduardo Schaerer, gran propulsor del fútbol  que el 24 de junio de ese año donó a la Liga una manzana de un extenso terreno de su propiedad, sito en el Barrio de Sajonia, en el mismo lugar donde se encuentra actualmente.

Una manzana era poco para construir una cancha por lo cual Pinho se puso en campaña para conseguir una manzana aledaña pagándola en cuotas. Con la venia de la Comisión Directiva se hace la gestión y se autoriza la construcción el “Stadium”. La obra comenzó el 9 de setiembre de 1914 con “los trabajos de limpieza de las dos manzanas, a las órdenes de don Amadeo Ortega “que cobra su salario de la Municipalidad. Y a quien se le entrega 7 machetes, 5 hachas, 2 limas, 1 horquilla y una cuadrilla de 8 a 12 personas conformada por otros tantos presos, penados de la Cárcel Pública, cedidos gentilmente por el Jefe de Policía, Manuel Balteiro”, dice el Dr. Nicolás Leoz, en su libro “Pido la palabra”.

Recurriendo aquí y allá, indemnizando a los pobladores de los terrenos adquiridos, la obra avanzaba lentamente y los fondos no alcanzaban para cubrir los gastos. Pinho decidió entonces dejar de pagar las cuotas y seguir con la construcción. Consiguió una subvención del gobierno de 2.000 pesos mensuales pero solo duró dos meses. Era común en aquel tiempo emitir “bonos solidarios” para obras sociales, y el fútbol recurrió a ellos, otorgando a los adquirientes algunos beneficios, como entradas gratuitas en lugares preferenciales por un cierto tiempo. Pero la respuesta fue pobre: solo se vendieron 90.

Pero había otro problema: las dos manzanas estaban divididas por la calle 18 (hoy Alejo García) y ante la falta de respuesta de la Municipalidad para unificar ambas, clausurando la calle, Pinho decide hacerlo por su cuenta y manda cerrar la calle, cercando las dos manzanas y empezó la construcción. Contacta con un arquitecto italiano, Luis Zin proyectista de la obra, que hizo todo su trabajo “ad honorem”.

El 8 de febrero de 1915 la Municipalidad decide colaborar con el fútbol “y cede en préstamo para los trabajos de remoción de tierra de la can­cha proyectada dos vagonetas y 120 metros de rieles que se retiran de Tacumbú, donde el Estado proyectaba levantar el edifi­cio para la cárcel”. El arquitecto Zin marcó la cancha: 110 metro de Este a Oeste y 65 metros de ancho, de Norte a Sur. Varias instituciones, empresas y personas contribuyeron para que la obra avanzara. Sorteando todos los obstáculos, incluyendo las lluvias torrenciales que más de una vez se llevaron todos los trabajos de nivelación.

Para contar con agua permanentemente, un andaluz de apellido Mendoza excavó un pozo y halló agua a los 15 metros. Durante años se surtió la Liga de ese manantial subterráneo. Con “pasto kavaju” se solucionó el problema de la erosión. Pero entonces surgió otro problema: la calle “18” era muy angosta y el Dr. Pinho solicitó y obtuvo de los vecinos de las dos cuadras de esa calle, desde el estadio hasta Carlos Antonio López, que cediera, cada uno 1º,50 metros de su frente, cosa que consiguió. A reglón seguido inauguró la calle, la nombró “Adolfo Riquelme” en homenaje al fundador de la Liga, pero años después se cambió la denominación por la actual, Alejo García.

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