Miércoles , septiembre 19 2018
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Cretinismo y retroceso

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Hasta hace pocos días, el gobierno de Abdo Benítez contaba con mayoría propia en la Cámara de Diputados, mientras que en el Senado hubiera podido lograr, fácilmente, conducir un bloque también mayoritario, con sus 16 senadores aliados a unos pocos colegas suyos de la oposición. Pero eso fue hasta hace unos días, cuando el cretinismo político del nuevo grupo de poder  -y algo más- terminó de hacer estallar por los aires esa formidable base de sustento, al provocar deliberadamente la ruptura con sus aliados del movimiento Honor Colorado, que conservará una presencia importante en las dos cámaras del Congreso, a pesar de ser objeto de una agresiva  campaña de los “Añetete” para “rapiñarle” la mayor cantidad posible de legisladores.

Así, lo que hubiese resultado fácil, ahora se complica y lo que debió ser un trato entre correligionarios de un mismo partido, tendrá que concretarlo ahora con la multiplicidad de fuerzas políticas representadas en el Poder Legislativo.

En la Cámara Alta, donde antes necesitaba cerrar un acuerdo relativamente duradero con 6 senadores, dado que por la ANR fueron electos 17, ahora precisa cuanto menos 13, que deberá conseguirlos entre las bancadas del oficialismo liberal, el Frente Guasu y diversas agrupaciones menores, como el PDP, Hagamos y Patria Querida. Y en la Cámara de Diputados, en la cual no precisaba de ninguna otra fuerza política, ahora se ve en la obligación de conseguir el apoyo de aproximadamente 15 de sus miembros, de la decena de organizaciones representadas en dicha instancia.

¿Lo va a lograr? En principio, sí, pero al costo de recurrir permanentemente al método de transar aquí y allá, con éste y con aquel, y que cuando lo hace con “unos” se enojen “otros”. Es decir, lo opuesto  a la estabilidad, de muy difícil sostenibilidad en el tiempo y que en cualquier momento se traducirá en la pérdida del control de alguna de las cámaras, si no de ambas,  por parte del oficialismo emergente.

Este rarísimo proceder de Abdo y su equipo, decíamos, solo puede ser urdido por mentes no muy lúcidas. Es como estar ante la posibilidad de transitar por un camino sin mayores complicaciones u otro lleno de obstáculos y elegir éste último, lo que nos retrotrae a periodos anteriores al iniciado en el 2013. En ellos, recordemos,  no solo el rumbo del Congreso, sino del país, estaban signados por la inestabilidad y la incertidumbre, zanjadas únicamente mediante el salvaje “toma” y “daca” de los bienes públicos, que se repartían groseramente entre los mandantes de turno y los lobos que siempre estaban al acecho, vestidos con ropaje de senadores y diputados.

Por eso hablamos  de cretinismo político… “y algo más”. La contracara de lo primero es la restauración de las viejas prácticas en la política, de los vicios que la pudrieron por completo, de las repartijas de “botines” y “cupos” a un grupo de bandoleros que se beneficiaron de todo aquello, mientras anclaban al país en el atraso y la miseria.

Lógicamente, este proyecto es incompatible con lo que vino haciéndose en los últimos 5 años. Es la “vieja política”, contra el “nuevo rumbo”; disyuntiva que los defensores de la primera de estas opciones no están dispuestos a dirimir democráticamente, sino a lo bestia, salvajemente, llevándose todo por delante, empezando por el régimen institucional de la República.

Por eso, los “abdistas”, con el apoyo irrestricto de “efrainistas”,  “luguistas” y algunos grupos menores, se lanzaron abiertamente a  desacatar los fallos de la Corte y a desconocer la voluntad popular ; y por eso el exobispo, en su condición de presidente del Congreso, se atribuyó facultades del TSJE y “sustituyó” a Horacio Cartes y Nicanor Duarte, por Rodolfo Friedmann y Mirtha Gusynsky, provocándole una herida letal a la voluntad popular y un duro golpe al Estado de Derecho.

Sobre el cretinismo de los futuros gobernantes nada podemos hacer, pues, como señala el refrán, “la que natura non da, Salamanca non presta”.  Pero sí podemos y debemos reaccionar con urgencia y con firmeza frente el atropello feroz del que está siendo objeto el Estado de Derecho y la voluntad del soberano.

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