Jueves , noviembre 15 2018
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Discutamos sobre el uso de las Reservas

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El reciente finiquito del “caso Gramont”, después de tres décadas, va mucho más allá de librarnos de tener que pagar una deuda espuria de aproximadamente 100 millones de dólares, lo que de por sí tiene una importancia extraordinaria. Al quedar firme la sentencia dictada por la jueza Federal del Distrito Columbia de Washington D.C, Ketanji Brown Jackson, en contra de las pretensiones de la empresa italiana SACE S.A, el Paraguay recuperó el derecho a disponer de sus reservas internacionales, que hasta ahora no podían ser movidas del Banco Internacional de Pagos (BIS), con sede en Suiza. En dicha entidad financiera estaban protegidas ante cualquier eventual embargo, pero al costo de percibir una tasa de rendimiento anual de apenas el 0,3%,equivalente a 20 millones de dólares, aproximadamente. Ahora no solo podrán colocarse esos fondos en bancos de los Estados Unidos, a un interés que representará ingresos al Tesoro por más de 200 millones de dólares/año, sino que, además, un porcentaje de las reservas bien podría utilizarse a los fines del desarrollo y de la prosecución del combate a la pobreza, lo que por cierto amerita un debate amplio y serio.

¿Para qué sirven las reservas, se preguntarán muchos lectores? Un ejemplo local de su correcta utilización es la relativa a la estabilidad monetaria y al control de la inflación, que en nuestro país se ha mostrado exitosa, a lo que debe sumarse que es un reaseguro que tenemos contra cambios bruscos en los mercados financieros, ataques especulativos o a la violenta caída de las exportaciones e importaciones, por la crisis regional y mundial, entre otras.

Ahora bien, las reservas paraguayas se mantienen en el orden de los 7.000 millones de dólares, cifra cercana al 23% de su Producto Interno Bruto (PIB), cuando la media de los países latinoamericanos no supera el 15% y en algunos de ellos es incluso inferior al 10%, como Chile, Brasil y México, sin tomar en consideración a los países desarrollados, en la mayoría de los cuales no es mayor al 7%.

Los economistas “ortodoxos” sostienen la tesis de que las reservas “no se tocan”, más allá de ser empleadas para los fines antes mencionados. Pero nunca tuvieron la solvencia suficiente para explicar las razones por las cuales los países deben acumular indefinidamente su capital en ese concepto, que sería igual a que una familia o una empresa aumenten su ahorro o capital, pero no puedan hacer uso de una parte de esos fondos para desarrollar nuevos emprendimientos que le sean rentables.

Imaginemos solo por un instante lo que podríamos hacer si tomamos 1.000 o 1.500 millones de dólares de las reservas internacionales para potenciar aún más los planes de viviendas sociales, poner en condiciones las escuelas y colegios, reparar y construir hospitales, así como para impulsar otras obras de infraestructura. Imaginemos el fenomenal empuje que daría esto a la economía, a la generación de puestos de trabajo, al aumento del consumo y al mejoramiento de la calidad de vida de nuestro pueblo. Y todo ello, sin endeudar al país en un solo centavo.

Es más, hasta podríamos prescindir de los intereses que se obtengan por colocar las reservas en los bancos de plaza y destinarlos íntegramente a acrecentarlas nuevamente de manera acelerada, para poder repetir la misma operación en un futuro no lejano.

Por lo pronto, es una obviedad que tras la conquista obtenida por el país en el “caso Gramont”, lo que surge de inmediato es la necesidad de elaborar una ingeniería financiera para sacarle el máximo provecho a las reservas y conseguir recursos frescos todos los años, al tiempo de impulsar la discusión sobre la conveniencia de emplear una parte de ellas para responder a problemas acuciantes de la realidad, en el marco de la más absoluta transparencia.

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