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¿Cómo le fue a la izquierda?

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A primera vista, los resultados obtenidos por el Frente Guasu (FG) el pasado 22 abril parecieran ser  auspiciosos, al aumentar ligeramente su presencia en el Senado, de 5 a 6 escaños, en una elección que estuvo signada por la polarización entre los dos grandes partidos tradicionales. Es más, en base a estos datos sus dirigentes se ufanan de ser la tercera fuerza, muy lejos de la primera y de la segunda, pero tercera al fin. Ahora bien, si miramos más allá de lo que aparece en la superficie, encontraremos que de no ser por Fernando Lugo y de las listas “sábana”, la izquierda parlamentaria difícilmente hubiera retenido más de una o dos bancas, lo cual se evidenció en sus listas para Diputados, que cosecharon rotundos fracasos en los 17 departamentos.

Una lectura más fina de su participación en los comicios debería permitirles arribar a conclusiones más serias. Vayamos a los hechos. En su momento, allá por el 2007, fue hasta si se quiere comprensible que  las organizaciones nucleadas luego en el FG apostaran a una figura de peso, como la del exobispo, para romper la marginalidad y construir un proyecto electoral que les posibilitara influenciar en sectores sociales más amplios. Pero de entonces a esta parte transcurrieron 11 años, fueron gobierno en los años 2008-2012, ocuparon algunos ministerios de importancia y tuvieron una bancada de cinco senadores. ¿Y después de todo eso, cuál es el saldo que les arroja el ya largo “negocio”?.  ¿Obtener una banca más, porque el capital de Lugo aumentó ligeramente?

Al cabo de una década, la izquierda parlamentaria no fue capaz de construir liderazgos que brillen con luz propia. Salvo Carlos Filizzola, los demás senadores del Frente Guasu ni siquiera son conocidos por el gran electorado. Sucede con Esperanza Martínez, exministra de Salud, con Hugo Richer, exsecretario de Acción Social, también con Sixto Pereira y ni qué decir con Jorge Querey, el flamante número seis, de quien nadie o casi nadie sabe de su existencia.

A esto se suma un hecho de mayor relevancia política. Este sector de la izquierda paraguaya carga sobre sus espaldas no solo con el “pecado original” de aliarse al liberalismo en el 2008, sino de haber marchado ahora como su furgón de cola, lo que para la militancia representó un trago amargo, de pura hiel, considerado por muchos como una renuncia asumida a sus antiguas convicciones antisistémicas.

Las proclamas triunfalistas de sus voceros sobre el resultado de las elecciones no son más que arengas para levantar el ánimo a sus confundidos seguidores. Agitan en torno a lo que parece, no a lo que es. Al aumento de una banca en el Senado  y no la derrota que sufrieron en todos los departamentos. A que son la “tercera fuerza” y no a que en realidad ese espacio lo ocupa una sola persona, de la cual dependen en un cien por ciento. A que “la izquierda creció”, y no a que ha sido incapaz de construirse como alternativa a los partidos tradicionales, a cuya zaga viene marchando.

Claro, pueden seguir con los “análisis” superficiales, que a lo mejor les sirve por un tiempo, o bien escarbar un poco más profundo, para intentar sortear la crisis que próximamente golpeará a sus puertas.

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