Lunes , noviembre 12 2018
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Nadie va a morir

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Por: Marilut Lluis O’Hara
Por: Marilut Lluis O’Hara

Seguramente los paraguayos tenemos ancestros brujos, que solucionaban sus problemas internos maldiciendo a sus contrincantes con todo tipo de males. De lo contrario, no se explica nuestra absoluta incapacidad de tratar nuestras diferencias con altura, buscando alguna vía en donde pudiera encontrarse agazapado el acuerdo oportuno, que es el que permitirá superar las peleas.

Ahora hay una alta crispación política por un tema bien concreto, la reelección presidencial y la enmienda como mecanismo para introducirla en la Constitución. Hay gente que apoya la reelección, porque tienen intereses bien concretos para hacerlo; y hay otros que se oponen, exactamente por el mismo motivo. Es un problema sencillo, común, entre dos sectores que tienen aspiraciones diferentes; nada del otro mundo.

Pero aquí se habla como si estuviera a punto de llegar el fin del mundo. Ya hablan de un diciembre paraguayo, de que correrán ríos de sangre (ni siquiera somos originales en nuestros anuncios de cataclismos) y de que Paraguay, como país, dejará de existir, hundido en la más triste ignominia. Ahora salió hasta un obispo a advertir que la violencia puede apoderarse de la sociedad nacional, como si no hubiera suficiente violencia dentro de los muros de la Iglesia con la cantidad de pedófilos que la utilizan como escudo.

Pamplinas. Dejémonos de joder. No solamente nadie va a morir, sino que, si ocurren hechos de violencia, será por la existencia de patoteros en ambos sectores, ya que sabemos que este tipo de gente siempre está presente cuando hay algún conflicto, al solo efecto de desahogar su ira existencial y perjudicar cualquier cosa que se pretenda conseguir.

Aquí lo único que va a ocurrir es que uno de los dos sectores, el reeleccionista o el antireeleccionista, conseguirá su objetivo en base a los votos y a otra cosa. Resulta tan gracioso ver entre quienes dicen defender la Constitución a Juan Carlos Galaverna, el único que reconoció públicamente haberla violado, aunque, desde luego, no fue el único en hacerlo.

O a Enrique Bacchetta, quien no tiene problemas en violar una ley con tal de volver al Consejo de la Magistratura, pero acusa a sus colegas de ser poco menos que malandrines. Y todos, tirios y troyanos, mostrando temor ante la violencia que se avecina, como si el resto de la ciudadanía esté conformada por gente idiota que seguirá comprando los espejitos que pretende enchufarle una clase política absolutamente desacreditada.

Nangána, no va a pasar nada. En serio, dejémonos de joder.

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