Miércoles , septiembre 19 2018
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No son políticos, sino simples mandaderos

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Con la asunción del gobierno de Mario Abdo Benítez, los medios de prensa, especialmente los pertenecientes al grupo Zuccolillo, retomaron con renovados ímpetus sus viejas y perjudiciales prácticas destinadas a marcarle la agenda al poder político. Le indican todo, desde a quiénes acusar y sancionar por corruptos, hasta los proyectos que deben desarrollar, bajo qué condiciones, si tienen que modificarlos o dejarlos sin efecto.  Y basta algún titular en destaque, deslizando una crítica cualquiera, para que los voceros del Ejecutivo, a las corridas, salgan a formular aclaraciones, casi pidiendo disculpas, que solo sirven para dejar en evidencia su condición de siervos sumisos.

No se trata de un fenómeno nuevo. Desde la presidencia de  Juan Carlos Wasmosy, en adelante, el extinto propietario de ABC color, Aldo Zuccolillo, había sido pieza fundamental a la hora de escoger al candidato presidencial, así como también a la de socavar su credibilidad, hasta casi destruirlo. Y no era por mero capricho, ni un juego para demostrar cuánto poder le otorgaba su diario. Era para defender sus intereses y acrecentar su fortuna, mediante contratos diversos, en el que las millonarias pautas publicitarias eran apenas el primero de los eslabones de una larga cadena de negociados.

Los ponía en la cúspide, obtenía lo que deseaba y, cuando no lograba su metido o cuando a los monigotes de turno se les iba acabando la tinta de la lapicera, les retiraba el apoyo, les chantajeaba como lo hacen los delincuentes, aunque con más “estilo” y comenzaba a tirotearlos, hasta desembarazarse de ellos.

A esta práctica infame se sumó luego el grupo Vierci, siempre cumpliendo un papel de “segundón”, parecido al que ejerce el PLRA en la arena política, pero en el ámbito de la prensa, con más énfasis en obtener impunidad para el larguísimo rosario de fechorías cometidas por “Don Antonio”, que según uno de sus periodistas estrella, “es el mayor contrabandista de nuestra historia”.

Todo esto fue así por largo tiempo, al amparo de presidentes, directores de binacionales, ministros de hacienda, titulares de Aduanas, magistrados, fiscales y una pléyade de políticos con techo de vidrio y sin carácter que bailaron siempre al compás de la música que ponían los “Dones”, tanto en la Cámara de Senadores, como en la Diputados. Hasta que llegó Cartes y “les cortó el chorro”.

Durante los últimos cinco años, las cosas fueron para ellos muy distintas. No hacían la agenda, no tenían luz verde para sus negociados y el poder no se arrodilló ante sus ataques infernales. A eso responde el odio visceral de los Zuccolillo y Vierci hacia HC, que destilan hasta ahora a través de sus periodistas, entre los que no falta algún resentido al que le sacaron el biberón en su momento. Hasta que llegó Marito y les abrió de vuelta el grifo.

Ahora volvimos a la “normalidad” de los 24 años anteriores al gobierno de Cartes, en los que una banda de facinerosos de cuellos blancos, o mejor dicho dos, le tienen a su merced al poder político. ABC color estornuda y los ministros del nuevo gabinete, cuando no el mismo presidente, sufren una neumonía. Y lo mismo sucede con jueces y fiscales, al igual que con casi la totalidad de los legisladores.

Es un retroceso profundo, grave, pues no hablamos solo de dos imperios económicos, encabezados por gánsters (en versión “refinados”), sino de los que, además, controlan gran parte del mercado de la prensa y, en consecuencia, de los que manipulan impúdicamente a la opinión pública, vendiéndole “carne podrida” día tras día.

Son el verdadero poder, detrás de los fantoches que en teoría lo detentan,  quienes en la práctica solo cumplen un papel de mandaderos, peor que el de sus antecesores. Estos al menos podían alegar que tenían en frente a un peligroso “capo mafioso”, como lo era “Don Acero”, que acumulaba en sí medio siglo de (negra) historia.

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