Sábado , septiembre 22 2018
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Patotera común y silvestre

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Es obvio que el espíritu democrático y de respeto a las libertades públicas no es un producto que se encuentra en venta en cualquier esquina ni se adquiere por e-bay. Forma parte de todo un proceso, de una forma de vida que se base en la defensa de las instituciones y en la obediencia profunda hacia las reglas de convivencia, que hacen que una comunidad proteja a sus habitantes.

No es la primera vez que Desirée Masi, quien tanto presume de democrática y legalista, hace pito catalán a las normas vigentes y actúa con la misma prepotencia que esos a los que ataca desde hace años. De hecho, ni bien tuvo un poquito de poder como senadora de la Nación, y demostró su hilacha autoritaria, presionando a la Justicia para evitar que su marido, Rafael Filizzola, pudiera ser procesado por lesión de confianza de cuando era ministro del Interior.

Mañera, retorcida y hábil, especialmente a la hora de mostrarse como una prócer de la honestidad y la lucha contra la corrupción, tiene engañado a un sector de la prensa y de la ciudadanía, que la ven poco menos que como una heroína metida en un mar de estiércol, peleando a los gritos en contra de los sinvergüenzas.

No sabemos cómo, alguien la convenció de que su “limpia” trayectoria la habilitaba para convertirse en jueza de los demás, y así empezó a señalar con el dedo a todo chancho de chiquero ajeno que fuera descubierto en algún entuerto. Cual Juana de Arco, protagonizó varios sucesos bochornosos, en los que, a los gritos, pretendió “castigar” a quienes no cumplieran con los cánones que ella misma impuso para que una persona pudiera ser decente y honesta.

Claro, esto pasó siempre y cuando se tratara de chanchos de otro chiquero, como dijimos antes. Pero cuando una investigación periodística señaló a alguien de su propio chiquero, de su entorno más cercano, como alguien implicado en negociados tanto o más graves que los que ella suele denunciar, la ira de Dios bajó sobre el medio de comunicación que osó tamaño despropósito.

Sus gritos, esta vez, no fueron para acusar a nadie, sino para rasgarse las vestiduras tratando de convencer de que ella y sus correligionarios son poco menos que santos mártires, listos para la canonización. Y los medios de comunicación, esos mismos que le dieron ala durante todos estos años y que aplaudían hasta con los pies cuando ella protagonizaba algún ridículo escrache, se convirtieron en sus enemigos.

En este momento ya no defiende la libertad de prensa ni del anonimato que deben tener las fuentes de los medios. Ahora quiere saber quién fue el periodista que escribió en contra de su entorno, mostrando que, en realidad, ella no es ninguna defensora de la Justicia y la coherencia, sino una simple patotera común y silvestre, alguien acostumbrado a tomar la Justicia y la verdad a su antojo, adecuándolos a sus intereses y conveniencia.

Gente como esta señora hace más daño a la institucionalidad del país que esos personajes corruptos de los que nadie ya espera nada. Porque su descontrol y su boca viperina todavía consiguen convencer a un sector de la ciudadanía que sigue sin abrir los ojos ante lo que ella en realidad es, un fraude.

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