Domingo , noviembre 18 2018
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Perversa manipulación

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Es común que sectores que manejan cierto poder informativo planteen a menudo que quienes no defienden lo que sea de interés para los grupos “progresivos” son retardatarios y apuestan por el perjuicio de la nación.

Lamentablemente, otra vez está ocurriendo lo mismo. A través de los discursos de estos sectores y de las redes sociales, se pretende imponer la idea de que quien está en contra del subsidio campesino lo que en realidad hace es perseguir a la clase más pobre del país y atentar contra quienes trabajan la tierra. Si no aceptamos que el Estado se haga cargo de la deuda de los labriegos es porque estamos en contra de los pobres, acusan señalando con el dedo a quienes no quieren que las arcas de este país sigan siendo dilapidadas con descontrol.

Esto es perverso y hasta cruel, puesto que lo que pretenden estos llamados progresistas es predisponer a un sector de la sociedad en contra del otro por el solo pecado de pensar diferente y de ver que las cosas deben ser solucionadas de manera diferente.

Por supuesto que debe haber gente –mucha- que no tiene interés en combatir la pobreza ni encontrar una salida digna a quienes más necesitan del apoyo del Estado y la ciudadanía. Pero no es el caso de quienes hemos asumido una clara postura en contra del subsidio, porque lo que pretendemos nosotros es encontrar otras vías que no necesariamente deban pasar por el bolsillo de los paraguayos. Porque los campesinos no son los únicos paraguayos necesitados. Es fundamental recordar a esa clase media sufrida, sacrificada, que será la que más sentirá el golpe en el caso de que entre a regir el subsidio campesino.

Y no solo sentirá el golpe económico, sino también el moral. Puede que algunos piensen que las comparaciones son odiosas, pero quien más, quien menos, en esa sufrida clase media, debe deslomarse para cumplir con sus deudas; por lo tanto, es absolutamente justa y entendible la indignación hacia el sector campesino que, no solamente ha invadido la ciudad, impidiendo el libre tránsito y haciendo que Juan Pueblo no pueda llegar a hora al trabajo y deba ser sancionado con un descuento en su sueldo, sino que, además, podría conseguir el perdón, ese ansiado y anhelado perdón a sus deudas, mientras él, Juan, tendrá que seguir trabajando de sol a sol para intentar sobrevivir con alguna dignidad.

Dicen los pro subsidio que Juan es un traidor a su clase, porque repudia a los pobres como él. Nada más alejado de la realidad. Ni Juan reniega de su clase ni repudia a quienes son como él. Lo que le indigna es que haya pobres de primera –como los campesinos- y pobres de segunda –como él y su entorno-.

Otra falacia de la que pretenden convencernos es que quienes llevan semanas movilizados en la capital no son “haraganes” sino que son los que hacen que en nuestras mesas no falten ni el tomate, ni la lechuga, ni la cebolla. Mentira. Los que nos surten de alimento son los que se quedaron en sus casas, a trabajar sus tierras y a pelear por cumplir con las obligaciones adquiridas.

No creemos que los cientos de campesinos que se encuentran apostados en Asunción sean sinvergüenzas. De lo que sí estamos convencidos es que son manipulados por sinvergüenzas que han descubierto la forma de lucrar con las necesidades de los más pobres. Pero de ahí a acusarnos de ser insensibles sociales hay un gran abismo. Justamente quienes nos oponemos al subsidio somos quienes más comprometidos estamos con la realidad del campesinado paraguayo, aunque no recibamos los aplausos ni consideraciones de los hipócritas de siempre.

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