Sábado , agosto 18 2018
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El retorno de la vieja política

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Aún falta poco más de tres semanas para que asuma el nuevo gobierno y ya está sufriendo los efectos del desgaste político. Un verdadero récord, sin precedentes a lo largo de la etapa democrática, que se combina con la inexistencia, casi absoluta, de expectativas en torno a lo que será su futura gestión. Ocurre que el “abdismo” comenzó con el pie izquierdo, traicionando a sus aliados naturales de la ANR, siguió llevándose la institucionalidad de la República por delante y está “coronando” la transición con miras al 15 de agosto con la integración de un gabinete o “selección” que, al decir de algunos, no califica ni para un torneo de barrio.

Mario Abdo llega a la presidencia como si para él se hubiera invertido el ciclo de la vida: viejo, débil y sin esperanzas en su porvenir. Esto último resulta por demás llamativo. Hasta Luis Ángel González Macchi, quien arribó al Palacio de López fruto de una auténtica carambola de la historia,  generó cierta ilusión en que las cosas podrían cambiar para bien, aunque esto se desvaneció muy pronto. Hoy, en cambio, la sensación es hasta si se quiere la opuesta, salvo entre los operadores que forman filas con sus carpetas bajo el brazo. El comentario más extendido es que “llega un nuevo equipo, voraz, con el fin explícito de saciar apetitos insatisfechos por años”.

Y lo peor del caso, para el gobierno entrante, es que tomará las riendas del país en circunstancias muy diferentes a las que normalmente hacen los nuevos mandatarios: con una economía sana, en crecimiento, a pesar del contexto regional y mundial desfavorable, con la inflación, la deuda pública y el déficit fiscal más bajo de Sudamérica, además de abultadas reservas internacionales, por citar solo algunos elementos. O sea, lo que deje de hacer o haga mal será exclusiva responsabilidad suya, sin la menor posibilidad de achacarle nada a sus antecesores.

Sus primeros pasos son desmoralizantes en todos los planos. A modo de arranque, restauró el método de la traición política, que tanto daño hizo al partido colorado y al país a lo largo de su historia. Y en el afán de borrar del escenario al líder de dicho sector, Horacio Cartes, atropelló de manera alevosa el Estado de Derecho y desconoció un principio fundamental de la democracia, cual es el respeto a la voluntad popular.

Después entró en un laberinto de contradicciones, para subsanar el daño colateral que había provocado al impedir que Nicanor Duarte Frutos jurase como senador activo, bajo el supuesto de que “solo” puede ser senador vitalicio, y lo nombró como director de Yacyretá, quien al aceptar la tentadora oferta a cambio de renunciar a su banca, defraudó a propios y extraños.

El objetivo sigue siendo  aislar al “cartismo” y evitar que HC se convierta en senador activo después del 15 de agosto. En eso consiste la estrategia fundamental  del “abdismo”, sin importar que eso implique proseguir con sus ataques al orden constitucional, lo cual considera “secundario”.

Las “malas nuevas” se combinan con la formación de un gabinete que, salvo contadas excepciones, estará compuesto mayoritariamente por mediocres  y/o personas de muy dudosa trayectoria. Un ministro de obras que no es político ni técnico, sino “experto en Biblia”, como Arnoldo Wiens, es una de las demostraciones más elocuentes. Lo mismo en el caso del secretario de Senad, Arnaldo Giuzzio, conocido como “el fiscal de los casos inconclusos”, quien siendo senador tuvo contacto con conocidos narcotraficantes y ocultó la información a sus pares de la Cámara Alta. O del próximo canciller, que no tiene noción de política internacional, o del secretario de la juventud, o de la ministra del Trabajo y de otros, y otros, y otros…

Mario Abdo no se guió por el criterio de la capacidad de la que deberían estar dotados sus colaboradores, sino por el “chonguismo”, a lo que se suma la difícil tarea de armar un gobierno, cuyo real sustento político hasta ahora no se divisa claramente.

El panorama no es, pues, nada halagüeño: Desprecio al Estado de Derecho y a la democracia misma, voracidad por “recuperar el terreno perdido”,  mediocridad como rasgo destacado de los más altos funcionarios y desesperanza.

Es el retorno de la vieja política. Es el retroceso, que por meses alertamos.

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