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Marito y el retrovisor

Las comparaciones no son el mejor mecanismo para realizar un balance de las obras de uno mismo. Lo que normalmente se hace es medir los resultados en función a lo que se había proyectado, si se alcanzaron o no las metas, en qué proporciones, etcétera. No obstante, se podría apelar a ellas, aunque resulta un tanto odioso, si sirvieran para ilustrar a los destinatarios del mensaje sobre las mejoras considerables que se obtuvieron frente a otros en la misma materia, sea en la relación costo/beneficio de cualquier producto o servicio, o en el campo de la política. Lo que resulta incomprensible es que alguien recurra a las comparaciones cuando éstas, en lugar de beneficiarlo, le perjudican. Pues bien, es esto lo que ha venido haciendo Marito a lo largo de la semana, angustiado por no poder mostrar los frutos de sus primeros 100 días de gobierno y con la mirada incrustada en el espejo retrovisor, en el que solo le aparece cual espectro el rostro de Horacio Cartes.

Veamos las únicas expresiones vertidas por el presidente sobre el tema. El martes pasado, declaró que el combate al crimen organizado registró más logros en estos 3 meses “que en los últimos cinco años”. El miércoles dijo que “se hicieron muchas cosas”, citando como ejemplo “la construcción de institucionalidad”, pero sin desarrollar la idea, y luego agregó que se licitaron obras por valor de 250 millones de dólares “frente a solo 200.000 dólares del anterior gobierno en el mismo período”.

Soberbias y fantasiosas. Solo así pueden calificarse las manifestaciones del mandatario, sin considerar  que el ámbito de actuación de un gobierno trasciende sobradamente los aspectos a los que hizo referencia, omitiendo otros  de fundamental importancia. Tale son los casos de las carteras de Educación, en dónde los escándalos están a la orden del día, Salud, que por ineptitud desabasteció de medicamentos a los hospitales, Petropar, cuya titular está envuelta en hechos de corrupción, o Relaciones Exteriores, que provocó una crisis en las relaciones con Israel, que derivó en el retiro de su embajada.

 Pero veamos si lo poco que dijo es cierto. No podemos siquiera sospechar a qué se refirió Abdo Benítez cuando habló de “construcción de institucionalidad”, pues los hechos demuestran que, en este campo, existe un proceso de degradación sostenido, de “anomia jurídica”, al decir del ilustre profesor Juan Carlos Mendonca, lo que implica la inexistencia de reglas o el irrespeto a las que existen.

El Senado funciona con miembros “mau”, que no fueron electos ni proclamados por el TSJE, como Rodolfo Friedmann, e hizo la vista gorda cuando el senador Lugo usurpó facultades de otro poder del Estado, lo cual se mantiene impune. Los fallos de la Corte Suprema y las resoluciones del Tribunal Superior, en estas cuestiones, fueron olímpicamente desacatados, al igual que la voluntad de los electores. Los mismos que se irguieron como “intérpretes” de la Constitución para impedir que jure Nicanor Duarte, con el argumento de que “solo puede ser senador vitalicio”, lo nombraron y confirmaron como director de Yacyretá.  Y podríamos seguir con más y más ejemplos, pero sería tedioso. Lo que existe en nuestro país es una parodia de institucionalidad, avasallada sistemáticamente por la vigencia de los artículos 23 y 41, es decir, las mayorías requeridas en Senadores y Diputados para hacer lo que les viene en ganas, al margen  de los preceptos constitucionales.

Tampoco imaginamos a qué apunta el presidente cuando habla de  los supuestos  avances en el combate al crimen organizado, sin aportar datos estadísticos. Más allá de ciertos operativos exitosos de la Senad, que no son algo novedoso, lo que vivimos los últimos días demuestran exactamente lo opuesto. Crímenes horrendos perpetrados por el narcotráfico, inclusive en las narices de quienes tenían a su cargo la vigilancia del mafioso, como en el caso de “Marcelo Piloto” (cuya expulsión revela que las instituciones están claramente rebasadas por los acontecimientos), se suman a  una oleada de asaltos, asesinatos de guardias de seguridad y al recrudecimiento del accionar de los “motochorros”, favorecidos por el desaliento a la actividad de los “Linces”.

Por último, Marito se equivoca nuevamente al usar las licitaciones por valor de 250 millones de dólares para disparar contra su antecesor. Primero, porque esa suma, que por cierto no es de gran significación para Obras Públicas, puede disponer porque ya contaban con financiación del anterior gobierno. Y segundo, porque “olvida” mencionar que Cartes  no encontró la mesa servida, como él, sino un país en quiebra, al que hasta entonces nadie estaba dispuesto a dar un peso.

El presidente debería superar, de una buena vez, lo que a esta altura de los acontecimientos se asemeja más a un complejo de inferioridad que a diferencias políticas. Pero esto supone que se aboque a gobernar, a desarrollar su proyecto, para lo cual es requisito que abandone el “método” de la comparación permanente y retire la vista del retrovisor. O que la mantenga, como todos, solo de reojo.

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