Jueves , septiembre 20 2018
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Mira quién habla

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A muchos nos tomó por sorpresa la intervención de Rodolfo Friedmann en la última sesión del Senado. Más allá de que las cámaras del Congreso a veces parezcan Macondo, en donde uno prefiere dejarse atrapar por el realismo mágico antes que rendirse a la desesperanzadora realidad, hay cosas que superan los límites, y una de ellas es la situación que se vivió el jueves pasado.

Antes que nada, el simple hecho de que es trucho, que no tiene ningún derecho de estar ocupando una banca que usurpó a su verdadero dueño, debiera ser suficiente argumento para que Friedmann intentara pasar lo más desapercibido posible. Por lo menos eso es lo que hace Mirta Gusinky, la otra usurpadora, aunque, a fuer de sinceros, ella jamás hizo gran cosa, ni cuando era senadora de verdad. Pero el gua’i no. El pretende que lo enfoquen luces de neón para lucir su situación irregular a la vista de todos.

Por otro lado, el tema que Friedmann eligió para hacerse sentir ante el plenario lo describe de cuerpo entero. Muy seguro de sí mismo y demostrando que había aprendido el discurso de memoria, pidió que la Fiscalía investigara a Horacio Cartes –el verdadero dueño de la banca que él ocupa, sin tener derecho- por contrabando.

Menos mal que en este Senado hay algún que otro legislador que hace de cable a tierra ante tantos pilotos del ambiente, de lo contrario el circo ya sería incontrolable. Por eso, allí estuvo Sergio Godoy para recordar, muy sobriamente, que a Friedmann, su propio padre le había denunciado por ser contrabandista de azúcar. El cartista ni siquiera defendió al expresidente, como suele hacer con frecuencia; se limitó a recordar que, si alguien pretende que se le tome en serio, tiene que ser serio. Y Friedmann es cualquier cosa, menos serio.

Además de todo esto, es incoherente, porque antes de que se pasara a las filas del “abdismo”, estaba de acuerdo con la reelección de Cartes (y, por supuesto, de los gobernadores, como él), sin desaprovechar la ocasión para salir en las fotos, pegado al entonces presidente, quien, ahora “descubrió”, es “contrabandista”.

Podemos seguir con los antecedentes de este señor, pero con mencionar la crisis a la que llevó a todo el Departamento del Guairá a causa de una renuncia suya a la gobernación, que, había sido, era con piolita, y se mantuvo durante meses deshojando margaritas preguntando “me voy… no me voy…”, ya tenemos bastante claro el perfil de él, y nos da pautas suficientes como para sospechar algún tipo de desequilibrio.

Lo que le ocurre –y hasta podemos entenderle- es que le causa pavor que Cartes consiga hacer valer sus derechos y el respeto a la voluntad popular, y recupere su banca, con lo que él quedaría en la calle, ya que, al no ser ni titular ni suplente electo, ni siquiera tendrá la esperanza de reemplazar a alguien que tuviera que dejar la cámara. Ese es todo su problema, que en cualquier momento va a perder la banca que, en realidad, jamás le perteneció. Así que pide, suplica, implora a la Fiscalía que investigue al expresidente y sueña con que lo encuentren culpable y lo metan preso, como único modo de respirar tranquilo y atornillarse en el curul durante los próximos 5 años.

Porque Rodolfo Friedmann no está tranquilo, no puede estarlo, ya que sabe muy bien que la banca en la que se sienta cada jueves y sueña como suya, no le corresponde.

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