miércoles , noviembre 20 2019
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Pedofilia intelectual

El diccionario de la Real Academia Española define la “pedofilia” como la atracción erótica o sexual que una persona adulta siente hacia niños o adolescentes y, a éstos últimos, como aquellos que se hallan en proceso de crecimiento. El “estupro” se refiere al coito con persona mayor de 12 años y menor de 18 -en nuestra legislación de 14 a 16- valiéndose el autor de su superioridad, originada por cualquier relación o situación, como la que puede ejercer un mayor sobre un adolescente. Hasta aquí, son términos de índole sexual que, al describir hechos reales, configuran terribles atropellos a los derechos de los menores. Pero, ¿Cómo denominar la actuación de mayores que, aprovechándose de la inmadurez de sus víctimas, las utiliza para fines políticos partidistas? ¿No es eso lo que estamos observando en las ocupaciones de colegios, cuyos protagonistas balbuceanun discurso altamente ideologizado, de cuyo contenido tienen en realidad muy poco conocimiento, por no decir ninguno?

El tema es controversial y más de uno pegará el grito el cielo, sobre todo los que ven en hechos de esta naturaleza un campo fértil para sacar algún rédito. Dirán que se subestima a los jóvenes, que ellos son autónomos en sus pensamientos y actuaciones, que por fin tenemos a una juventud que es partícipe del acontecer nacional, dejando atrás la alienación y la apatía, etcétera, etcétera. Pero cuando chicos de 16, 17 o 18 años recitan slogans relativos al Producto Interno Bruto, al Presupuesto General de la Nación o a que las fuentes de financiación del sistema educativo no deben tener como origen el Fondo para la Excelencia de la Educación, sino políticas tributarias como el impuesto a la soja, cualquier persona con dos dedos de frente concluirá, o al menos sospechará, que nada de eso “aprendieron” de sus programas de estudios, ni en los recreos, ni en las redes sociales.

Un dato objetivo de la realidad. La inmensa mayoría de los estudiantes secundarios “no tiene vela en este entierro”. Son siete las instituciones educativas que fueron ocupadas por grupos ultra minoritarios. En el Colegio Saturio Ríos, de San Lorenzo, la “toma” fue realizada por una decena de jóvenes, como ellos mismos relataron en declaraciones de prensa, sobre un universo total de… ¡6.000 alumnos!; en el Colegio Fernando de la Mora la medida está siendo cumplida por alrededor de 40, de 4.000 estudiantes y algo similar ocurre en los otros cinco establecimientos en los que actualmente no se imparten clases.

Tal vez aumente un poco la cantidad de “ocupas” y de colegios tomados, pero esto no hace al fondo de la cuestión. La pregunta es por qué el 99% de los estudiantes, o más, no tiene participación alguna en este movimiento y también por qué, a pesar de eso, estos chicos “se cortaron solos”, al margen de sus Centros de estudiantes, sin hacer siquiera reuniones plenarias para discutir el tema y ya ni hablemos de asambleas.

Con respecto a lo primero, es decir a la no participación del grueso del estudiantado, la respuesta es bastante sencilla. El “mensaje” sobre el PIB, el PGN y las políticas fiscales les resulta chino básico. Y es normal que así sea, no por “alienados”, ni “apáticos”, sino porque aún no alcanzaron el estadio de madurez necesario para adquirir dichos conocimientos, que está fuera del alcance  de muchos universitarios y también de adultos mayores.

Entonces resta que nos aboquemos a lo segundo. A por qué algunos chicos, aunque muy poquitos, están llevando adelante estas medidas con una línea discursiva que ni ellos mismos comprenden, salvo que estemos ante verdaderos prodigios que aparecen raras veces a lo largo de la historia. La respuesta también es simple: Porque existen mayores, especialmente del sector “efrainista” del PLRA, que se aprovechan de la sensibilidad social y el sano espíritu de rebeldía que caracteriza a ciertos jóvenes y que, sin dar la cara, les pasan un libreto ridículo para la edad que tienen, induciéndolos a tomar medidas extremas para crear una situación conflictiva con fines puramente electoralistas.

Urge, pues, separar la paja del trigo. Hay que abordar con total prioridad los problemas reales del sistema educativo y las soluciones que pueden ejecutarse, pero, al mismo tiempo, debemos desenmascarar a los miserables que manipulan alevosamente a estos chicos, quienes incurren en un grave delito moral, denunciado por filósofos y escritores de países vecinos, como el argentino Tomás Abraham: el de la pedofilia o estupro intelectual, al imponerles mediante engaños una determinada forma de “pensar”.

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