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Retomemos el hilo de la historia

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Somos un pueblo con una historia como la de pocos, verdaderamente extraordinaria, rica, que va mucho más allá del carácter épico al que algunos, interesadamente, buscan restringirla, ocultando deliberadamente las glorias de un pasado del que solo podemos sentir profundo orgullo. Una historia de la que tanto tenemos que aprender, a condición, claro está, de rescatarla del olvido al que fue condenada por los que sometieron a nuestra patria a su casi desaparición como Nación, en la guerra genocida de la Triple Alianza, y a los legionarios que desde entonces tuvieron a su cargo el relato “oficial” de lo acaecido en nuestro país desde 1811 en adelante.

Los próceres de la independencia nacional, especialmente José Gaspar de Francia, llevaron a cabo una formidable revolución que no solo independizó al Paraguay de la corona española sino que, además, lo mantuvo autónomo y soberano de Buenos Aires, que buscaba mantener a toda costa bajo su dominio a las “Provincias Unidas del Río de la Plata” o “del Sur”, entre ellas a Uruguay, Perú y también Paraguay, fracasando de manera estrepitosa en nuestro país, primero, y después en el resto.

Los prolegómenos que rodearon a la destitución del gobernador español, Bernardo de Velazco, las pocas balas que se dispararon, etcétera, etcétera, resultan hasta si se quiere entretenidos, pero anecdóticos. Mucho más importante que eso fue la tarea que llevaron a cabo los revolucionarios, irguiendo una Nación que desde sus mismos cimientos fue única en su género, garantizando trabajo en las “Estancias de la Patria”, dedicadas principalmente al cultivo de la yerba mate y el tabaco, e impartiendo educación primaria al grueso de los habitantes, de entre los cuales prácticamente se erradicó el analfabetismo.

En base a su integridad territorial, defendida por una de las primeras milicias de la región (creadas por “Don José Gaspar”) y de fuerzas productivas en pleno desarrollo, con una instrucción superior a la media de los países vecinos, se construyó en los años siguientes el país más pujante de América Latina, el de los astilleros, acería, ferrocarril, telégrafo y edificios públicos emblemáticos de Asunción, por citar algunos datos ilustrativos.

Este fue el país que desde un comienzo despertó la tremenda envidia de grandes libertadores, como Simón Bolívar, que en una de sus tantas bravuconadas amenazó al Dr. Francia con invadirnos “para liberar a su amigo Bonpland”, que por supuesto jamás se atrevió a materializar. El país que enviaba a muchos de sus hijos a formarse en el exterior, más concretamente a Europa, ya durante el gobierno de Don Carlos Antonio López. El que se convirtió en un faro que iluminaba con fuerza y se había constituido para muchos en un peligrosísimo ejemplo a seguir, tanto de otros pueblos del continente, como de las provincias rebeldes de Argentina, que luchaban contra la oligarquía porteña. Y el país que, precisamente por estas razones, aplastaron con la guerra infame y genocida de la Triple Alianza…

Durante 30 años posteriores al holocausto, los legionarios impusieron un manto de silencio sobre los hechos acontecidos, que recién comenzaron a divulgarse con veracidad merced al coraje de historiadores y escritores de la talla de Juan E O’Leary y Blas Gray, entre otros, quienes, junto a una generación de grandes pensadores, conocida como “la generación del 900”, comenzaron a reatar el hilo de la historia.

Pasaron 206 años de la independencia y 147 del fin de aquella descomunal tragedia que puso fin a una etapa fantástica e irrepetible de nuestra historia, dado que las condiciones internacionales del presente son otras, así como los peligros y los desafíos. Sin embargo, aprender de sus lecciones es una tarea de primerísimo orden, por más que las fórmulas para aplicarlas sean muy distintas, retomando la labor iniciada por aquellos pensadores de comienzos del siglo pasado, los cuales, al margen de sus diferencias, perseguían un mismo objetivo: reconstruir el Paraguay soberano e independiente, para el bienestar de su pueblo.

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