Domingo , septiembre 23 2018
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¿Por qué se alían los “aliancistas”?

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Algunos se muestran sorprendidos porque Marito y Cartes se dieron el famoso “abrazo republicano”. Otros porque Carlos Mateo se convirtió en jefe de campaña de Efraín Alegre  y los liberales buscan cerrar filas para los comicios de abril próximo. ¿Y qué pretendían? ¿Qué tras las internas “rompieran lanzas” y pulverizaran, de un solo golpe, las chances de sus respectivos partidos? Colorados por un lado, liberales por el otro, aún con todas sus diferencias, siguen siendo en sus respectivos partidos “sapos del mismo pozo”.  Lo que sí debería extrañarnos es que fuerzas políticas antagónicas, como el PLRA y el Frente Guasu, se alíen nuevamente sin siquiera tener una valoración en común, algunos le llaman “autocrítica”, de la desastrosa experiencia que protagonizaron hace 10 años, y menos una plataforma que les permita desarrollar un discurso relativamente coherente ante los electores, que hasta ahora no lograron construir.

El antagonismo al que hacemos referencia no es sobre cuestiones tácticas, como la reelección, por citar uno de tantos ejemplos, sino sobre cuestiones de fondo,  a tal extremo que mientras el grueso de la dirigencia del radicalismo auténtico, salvo Luis Alberto Wagner y José “Paková” Ledesma, definen al régimen de Venezuela como una dictadura, el luguismo sostiene que es una auténtica democracia. Cualquiera se preguntará entonces, ¿cómo pueden unirse si discrepan sobre algo tan básico? Y  si por un azar de la historia llegaran al gobierno, ¿qué sistema político aplicarían? ¿El que con muchos déficits y limitaciones venimos construyendo desde la caída del stronismo o el que utiliza Nicolás Maduro para sojuzgar al pueblo venezolano?

El tema saltó al tapete durante el programa “Lunes de Mina”, al que asistieron Efraín y Leo Rubín hace un par de semanas. Consultado al respecto, el presidenciable balbuceó una respuesta verdaderamente insólita: “Los acuerdos entre ambas organizaciones se fundan en políticas de Estado”, dijo pomposamente, agregando que, en ese marco, “existen diferencias que son naturales en toda alianza, como las que también existen dentro de los partidos”.

En primer lugar, no hay en todo el Paraguay un solo periodista, dirigente político, activista o ciudadano mínimamente informado que conozca las “grandes políticas”  sobre las que supuestamente se pusieron de acuerdo el PLRA y el Frente Guasu. Y no los hay porque tales aspectos nunca fueron debatidos, ni por tanto pactados, por lo cual nunca se dieron a difusión. Pero algo más grave que esta “mentirita” del candidato opositor, que puede explicarse como un intento fallido por salir del brete, es el lugar que le asigna en su estructura mental (ya no digamos política e ideológica) a un tema de vital importancia, pues siguiendo su razonamiento, la conclusión es que la democracia, para él, no es una “cuestión de Estado”.

El problema de la Alianza se resume, pues, en que sus componentes no tienen ni grandes ni pequeños acuerdos. Ni estratégicos, ni tácticos, los que eventualmente podrían ser suplidos por liderazgos fuertes y atractivos, de los cuales también carece.

Y a esto debemos agregar un elemento más, llamado desconfianza. Lo hizo público la senadora Esperanza Martínez al decir que al FG no le bastaba que los liberales integren las Juntas Cívicas y recordar “la traición” de la que fueron objeto por parte de ellos en oportunidad de la destitución de Fernando Lugo.

Sin una plataforma que los nuclee, ni discurso común, ni confianza entre sus miembros, ni liderazgos con cierto carisma, es muy poco lo que puede esperarse esta vez de la Alianza, que lejos de repetir la historia del 2008, como pretende, todo indica que se encamina hacia la derrota, escribiendo con ella el último capítulo de una experiencia fallida.

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