Domingo , noviembre 18 2018
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Seguridad pública y charlatanería

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Si hay algo que puede rescatarse como positivo de lo sucedido en Ciudad del Este, en el reciente ataque perpetrado por el Primer Comando Capital (PCC), no es precisamente la falencia de la Policía Nacional, ni sus debilidades estructurales, ni tampoco las serias sospechas de que los criminales hayan recibido apoyo por parte de algunos de sus cuadros oficiales, que son sus rasgos característicos y consabidos desde hace muchísimos años. Es la posibilidad de abordar con seriedad un problema complejo, de dimensiones que transcienden incluso las fronteras nacionales, cual es su necesaria depuración y reorganización sobre nuevas bases, que la conviertan en una fuerza capaz de mantener el orden público y alcanzar metas aceptables en el combate al crimen organizado, que se ha enseñoreado de casi todo el continente, con muy escasas y honrosas excepciones.

Por supuesto, para encarar un debate de esta naturaleza primero hay que hacerles de lado, con toda la intencionalidad del caso, a los que solo buscan el siempre insignificante rédito político, ese basado en elestúpido cálculo de cómo “caerle” a las autoridades de turno, en este caso al gobierno, que es el deporte nacional por excelencia que practica un sector de la oposición y gran parte de la prensa.

Estos, con el cinismo y la hipocresía que los define, “descubrieron” recién ahora que la Policía no está bien armadapara enfrentar a un ejército de matones profesionales, que no cuenta con un eficaz sistema de inteligencia y que muchos de sus altos exponentes son corruptos. ¡Vaya “novedad”!

Es el caso de los medios de Aldo Zuccolillo y Antonio J. Vierci, los cuales se rasgaron las vestiduras ante tales hechos, como si se trataran de “grandes revelaciones”, y ponen como “ejemplo” el accionar de la Policía Federal brasilera, que abatió a algunos malvivientes y detuvo a otros, pero ocultando el hecho monumental de que el PCC arrodilló al Estado del vecino país, no una, sino cincuenta veces. Otros fueron más lejos y, en sus acostumbrados delirios políticos, atribuyeron los acontecimientos de CDE a que “Horacio Cartes destinó todos los recursos previstos para seguridad a… perseguir a la oposición, como lo hace Nicolás Maduro en Venezuela”.

Este festival de disparates no aporta nada al necesario debate que debemos realizar los paraguayos, especialmente la dirigencia nacional, sobre cómo replantear todo el tema relativo a la seguridad en general y a la reestructuración de la Policía Nacional, en particular, que también debe incluir el rol de las Fuerzas Armadas en tiempos de paz.

Es un hecho indiscutido que la institución está inficionada hasta los tuétanos por el flagelo de la corrupción, que nadie confía en ella para la custodia de los derechos ciudadanos, ni para la seguridad institucional, como se demostró la noche del 31 de marzo y madrugada del 1 de abril pasados. Y que salvo algunos de sus departamentos, como Identificaciones por ejemplo, es esencialmente ineficiente. Tenemos “polibandis” de todos los pelajes. Desde los de poca monta, que se mueven a escalas de motochorros y robacoches, hasta los vinculados a las ramas más sanguinarias del narcotráfico, como el PCC, el Comando Vermelho y otras bandas delictivas nacionales y extranjeras.

Ahora bien, tampoco puede discutirse que nadie tiene la “varita mágica” para resolver tamaño problema y quien diga lo contrario, miente. Acá no es cuestión se seguir haciendo “enroques” entre jefes policiales que se intercambian de un lugar a otro, decretar algunas bajas o aprobar aumentos presupuestarios. Esto se hace y se seguirá haciendo, pero de por sí nunca permitirán ver la luz al final del túnel.

La dimensión del problema es mucho mayor, pero no tenemos porqué reinventar la pólvora que otros ya descubrieron. Podemos comenzar pidiendo ayuda a quienes tienen más experiencia y obtuvieron los mejores resultados en esta materia, como Chile, Uruguay y otros países, de los cuales tenemos mucho que aprender, para luego aplicar aquellas fórmulas que sean útiles y realizables en nuestro país. Tenemos que convocar a los compatriotas mejor calificados en esta asignatura, en actividad o ya retirados, que no serán muchos, pero que con certeza los hay y seguramente tienen mucho que decir.

Lo importante es abrir el debate, en serio, a profundidad, entre los que más saben y realmente quieren buscar una solución a algo tan delicado, como la inseguridad que a todos nos afecta, para construir así una política hasta ahora inexistente.

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